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El hallazgo de los cuerpos de los reyes de Castilla en Guadalupe: la historia del abuelo de Jesús Esteban Rodríguez

En el Real Monasterio de Guadalupe, el hallazgo de los cuerpos de Enrique IV y María de Aragón, realizado por Alberto Rodríguez, fue eclipsado por un posterior reconocimiento

Jesús Esteban Rodríguez es natural del pueblo de Guadalupe. Esta localidad cacereña es ampliamente conocida por su Real Monasterio de la Virgen de Guadalupe. Aunque este llamativo monumento es atractivo  por su arquitectura e historia, sus paredes guardan multitud de secretos aún por descubrir.

Alberto Rodríguez, abuelo materno de Jesús, también vivió en el pueblo. Con tan solo 16 años realizó uno de los descubrimientos más importantes de la historia. A principios del siglo XX encontró el lugar donde reposaban los cuerpos embalsamados de los reyes de Castilla.

Por mandado de su sacerdote, el entonces joven Alberto bajó tras el retablo de la Capilla Mayor, donde está la imagen original de la Virgen de Guadalupe. Allí había caído el gato del cura, que tristemente había fallecido a causa del golpe, y ahora desprendía un desagradable olor. De esta manera, el joven había sido enviado a retirar el cuerpo y así resolver la situación. Sin embargo, el destino le llevo a toparse con un hallazgo totalmente inesperado.

Un hallazgo insólito sin reconocimiento

Comenzó el descenso, atado de la cintura con una cuerda, equipado con una tenue luz que amenazaba con apagarse en cualquier momento y lleno de miedo. Al tocar el suelo se dispuso a realizar su cometido, pero se encontró de frente con una singular puerta. La curiosidad ganó al pánico y cautelosamente decidió quitar el pestillo y adentrarse en la habitación.

Allí, entre la penumbra se encontraban dos cajas de madera, una apilada sobre la otra, y nada más. Cualquiera habría cerrado la puerta inmediatamente  y habría vuelto a la iglesia sin mirar atrás. Este no fue el caso de Alberto, quien se acercó al arcón superior y lo abrió sin pensárselo dos veces.

Su nieto, quien relata lo ocurrido, no niega que se llevó un susto enorme. Y es que dentro se encontraba nada menos que el cuerpo de Enrique IV, con su barba y su rostro prácticamente intactos. Bajo el brazo custodiaba una carpeta de pergaminos en los que se indicaba que el cuerpo había sido trasladado allí con motivo de la inauguración del retablo.

Tras el descubrimiento Alberto subió rápidamente a la iglesia, avisando al cura para que le ayudase a abrir la segunda caja. Allí encontraron el cuerpo de María de Aragón, que también se conservaba prácticamente intacto.

El hecho se puso en conocimiento de las autoridades del municipio y pronto la noticia se hizo eco en toda la región. Turistas procedentes de todas partes comenzaron a visitar la iglesia para conocer el descubrimiento. Durante mucho tiempo este se convirtió en uno de los principales atractivos turísticos de la zona, hasta que se produjo un terrible inconveniente. Debido a la peligrosidad del acceso, unos visitantes estuvieron a punto de quedarse encerrados allí abajo.

Este hecho ocurrió ya en la época en que los franciscanos regentaban la iglesia, siendo ellos quienes tomaron la decisión de cerrar la entrada. Y así permaneció durante mucho tiempo, hasta que la realidad de lo que guardaban las paredes de la basílica volvió a salir a la luz. Durante unas restauraciones se repitió el descubrimiento, que pronto se puso en conocimiento de la Real Academia de la Historia.

El descubrimiento que pasó a la historia

Desde allí enviaron una comisión, de la que formo parte el reconocido médico Gregorio Marañón y Posadillo. La comitiva estuvo a cargo de Miguel Ángel Orti Belmonte.

De esta manera, él fue quien paso a la historia como el artífice del descubrimiento y tristemente, la valentía del guadalupense Alberto quedo relega al olvido. En el municipio cacereño, además de sus familiares, son muchos los vecinos que reconocen su hazaña.

Su hija, Pastora Jacoba Pilar Rodríguez, y ahora su nieto Jesús Esteban Rodríguez, luchan desde hace tiempo para que su figura sea recordada como se merece. Ellos ya han escrito numerosos artículos, pero esto no ha sido suficiente para homenajear a Alberto.

«Él fue quien realizo el primer descubrimiento, arriesgando su vida para ello y como tal merece ser recordado», así lo expresa Jesús. Hasta el momento solo quienes conocieron a Alberto recuerdan la importancia de su figura en el hallazgo, pero esperan que contando su historia esta no termine ocultándose una vez más.

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